domingo, 14 de marzo de 2010




VOLVER
Volver (2008, España, Drama) de Pedro Almodovar



Sinopsis: Tres generaciones de mujeres sobreviven al viento solano, al fuego, a la locura, a la superstición e incluso a la muerte a base de bondad, mentiras y una vitalidad sin límites.
Ellas son Raimunda (Penélope Cruz) casada con un obrero en paro y una hija adolescente (Yohana Cobo). Sole (Lola Dueñas), su hermana, se gana la vida como peluquera. Y la madre de ambas, muerta en un incendio, junto a su marido (Carmen Maura). Este personaje se aparece primero a su hermana (Chus Lampreave) y después a Sole, aunque con quien dejó importantes asuntos pendientes fue con Raimunda y con su vecina del pueblo, Agustina (Blanca Portillo).



TIPS

Poster
"Volver" (2006), poster diseñado por Juan Gatti (diseñador y fotógrafo)

Como podemos apreciar, con la excepción de Iván Zulueta, Almodovar mantiene su nexo de unión con artistas y creativos que empezaron sus carreras o tuvieron una expecial significación en los 80 durante la "Movida Madrileña". El caso de Iván Zulueta es diferente al pertenecer a una generación anterior y ser conocido dentro de los ambientes underground de los años 60 y 70.
En cuanto a Ceesepe, dibujante y pintor fue referente del cómic underground en la Barcelona de mediados de los 70 y diseñador iconográfico de la movida madrileña que avanzará hacia la pintura hacia principios de los 80 y hacia el cine experimental.
Para terminar, nada mejor que volver al principio a "Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón", con una variante del cartel oficial, en la versión que se publicó a página completa en el nº 1 de Metal Hurlant de 1981.

RODAJE:
Lo más difícil de “Volver” ha sido escribir su sinopsis.
Mis películas cada vez son más difíciles de contar y de resumir en pocas líneas. Afortunadamente esta dificultad no se ha reflejado en el trabajo de los actores, ni del resto del equipo. El rodaje de Volver ha ido como la seda.
Supongo que lo he disfrutado más porque el último (“La mala educación”) fue un absoluto infierno. Me había olvidado de que lo que era rodar sin tener la sensación de estar continuamente al borde del abismo. Esto no significa que “Volver” sea mejor que mi anterior película, (de hecho estoy muy orgulloso de haber rodado “La mala educación”) sólo que esta vez he sufrido menos. De hecho, no he sufrido nada.

De todos modos, “La mala educación” me confirmó algo esencial (que ya había descubierto antes, en Matador y Carne Trémula): que no hay que tirar nunca la toalla. Aunque estés convencido de que tu trabajo sea un desastre hay que seguir luchando por cada plano, cada repetición, cada mirada, casa silencio, cada lágrima. No hay que perder un ápice de entusiasmo aunque uno esté desesperado. El paso del tiempo te da otra perspectiva y a veces las cosas no eran tan malas como uno creía.

CONFESIÓN.

“Volver” es un título que incluye varias vueltas, para mí. He vuelto, un poco más, a la comedia. He vuelto al universo femenino, a La Mancha (sin duda es mi película más estrictamente manchega, el lenguaje, las costumbres, los patios, la sobriedad de las fachadas, las calles empedradas). He vuelto a trabajar con Carmen Maura (hace diecisiete años que no lo hacíamos), con Penélope Cruz, Lola Dueñas y Chus Lampreave. He vuelto a la maternidad, como origen de la vida y de la ficción. Y naturalmente, he vuelto a mi madre. Volver a La Mancha es siempre volver al seno materno.
Durante la escritura del guión y el rodaje mi madre ha estado siempre presente y muy cerca. No sé si la película es buena (no soy yo quién debe decirlo), pero sí estoy seguro de que me ha sentado muy bien hacerla.
Tengo la impresión, y espero que no sea un sentimiento pasajero, de que he conseguido encajar una pieza, (cuyo desajuste, a lo largo de mi vida me ha provocado mucho dolor y mucha ansiedad, diría incluso que en los últimos años había deteriorado mi existencia, dramatizándola más de la cuenta). La pieza a la que me refiero es “la muerte” (no sólo la mía y la de mis seres queridos) sino la desaparición implacable de todo lo que está vivo. Nunca lo he aceptado, ni lo he entendido. Y eso te pone en una situación angustiosa ante el cada vez más rápido paso del tiempo.

La principal vuelta de “Volver” es la del fantasma de una madre, que se aparece a sus hijas. En mi pueblo estas cosas pasan, (me he criado oyendo historias de aparecidos), sin embargo yo no creo en las apariciones. Sólo cuando le ocurren a los demás, o cuando ocurren en la ficción. Y esta ficción, la de mi película (y aquí viene mi confesión) ha provocado en mí una serenidad como hace tiempo no sentía (realmente, serenidad es un término cuyo significado es un misterio para mí).
En los años que llevo de vida, nunca he sido una persona serena, (ni me ha importado lo más mínimo) mi innata inquietud junto a una galopante insatisfacción me han servido generalmente de estímulo. Ha sido en los últimos años, en los que mi vida se ha ido deteriorando, consumida por una terrible ansiedad. Y eso no era bueno ni para vivir, ni para trabajar. Para dirigir una película es más importante tener paciencia que talento. Y yo, hace tiempo que había perdido toda la paciencia, en especial, para con las cosas triviales que son las que más paciencia demandan. Esto no quiere decir que me haya vuelto menos perfeccionista o más complaciente, en absoluto. Pero creo que con Volver he recuperado parte de la “paciencia”, palabra que naturalmente entraña muchas otras cosas.
Tengo la impresión de que, a través de esta película, he pasado un duelo que necesitaba, un duelo indoloro (como el del personaje de la Vecina Agustina). He llenado un vacío, me he despedido de algo (¿mi juventud?) que aún no había despedido y necesitaba hacerlo, no sé. No hay nada paranormal en todo esto. No se me ha aparecido mi madre, aunque como he dicho he sentido su presencia más cerca que nunca.
Volver es un homenaje a los ritos sociales que viven las gentes de mi pueblo en relación con la muerte y con los muertos. Los muertos no mueren nunca. Siempre he admirado y envidiado la naturalidad con que mis paisanos hablan de los muertos, cultivan su memoria y asisten sus tumbas perennemente. Como en la película, el personaje de Agustina, muchos de ellos cuidan su propia tumba durante años, en vida. Tengo la optimista sensación de que me he impregnado de todo esto, y algo se me ha pegado.
Nunca acepté la muerte, nunca la he entendido (ya lo he dicho). Por primera vez, creo que puedo mirarla sin miedo, aunque siga sin entenderla ni aceptarla. Empiezo a hacerme a la idea de que existe.
A pesar de mi condición de no creyente, he intentado traer al personaje (de Carmen Maura) del más allá. Y la he hecho hablar del cielo, el infierno y del purgatorio. Y, no soy el primero en descubrirlo, el más allá está aquí. El más allá está en el más acá. El infierno, el cielo o el purgatorio somos nosotros, están dentro de nosotros, ya lo dijo Sartre mejor que yo.
Supongo que “Volver” es una comedia dramática. Tiene secuencias divertidas y secuencias dramáticas. Su tono imita a “la vida misma”, pero no es costumbrista. Más bien es de un naturalismo surreal, si eso fuera posible. Siempre he mezclado los géneros y sigo haciéndolo. Para mí es algo natural.
El hecho de incluir en el argumento un fantasma es un elemento básicamente cómico, en especial si lo tratas de un modo realista. Todos los intentos de Sole por ocultarlo a su hermana, o el modo de presentarlo a las clientas provoca escenas muy cómicas.
Aunque lo ocurrido en casa de Raimunda (la muerte del marido) es algo atroz, el modo en que ella lucha para que nadie se entere y la manera en que intenta desembarazarse de él también crea situaciones de comedia.
Aunque la mezcla de géneros sea natural en mí, eso no significa que no esté exento de riesgos (lo grotesco y el grand guiñol son siempre una amenaza). Cuando uno se mueve entre géneros, y atraviesa tonos opuestos en cuestión de segundos, lo mejor es adoptar una interpretación naturalista que consiga hacer verosímil la situación más disparatada. La única arma con la que cuentas, además de una puesta en escena realista, son los actores. Las actrices, en este caso. He tenido la suerte de que todas estén en continuo estado de gracia.
El gran espectáculo de “Volver” son ellas.

El resto del reparto ha estado a la altura de sus compañeras. Lola Dueñas probablemente hace uno de sus trabajos más complejos. Es la más excéntrica de las cuatro mujeres de su familia. Lola se preocupó personalmente de dominar el complicado acento manchego. Aprendió los secretos del oficio de peluquera y ha desarrollado una vis cómica inédita en ella. Es intensa, auténtica y rara, en el mejor sentido del término.
Otra de las bendiciones de este rodaje, es que todas las chicas vivían y trabajaban muy unidas, tenían una maravillosa relación, como de familia. Y eso el objetivo también lo capta.
Me emociona mucho la interpretación de la joven Yohana Cobo. Está presente en casi todas las secuencias pero como testigo. Hace una de las cosas más complicadas de actuar que es oír y estar presente. Y que su presencia sea elocuente casi sin hacer nada. Pero el trabajo de Yohana es consciente, sutil y muy rico. Además de “sus” secuencias, su monólogo ante el padre muerto... etc., el resto, siempre pegada a la madre, entendiéndola sin saber qué le sucede, me provoca mucha ternura. Además tiene una mirada abrasiva. Ojalá le vaya muy bien.


Chus Lampreave, María Isabel Díaz, Neus Sanz, Pepa Aniorte y Yolanda Ramos completan el reparto, además de Antonio de la Torre, Carlos Blanco y Leandro Rivera.
José Luis Alcaine, en la fotografía, Alberto Iglesias en la música y Pepe salcedo en el montaje, han sintonizado una vez más con mis secretas intenciones, cada uno en sus respectivos campos.

VOLVER A DIARIO, por Pedro Almodóvar

1.
Se me acerca un hombre mientras desayuno en un bar. Me dice que ha visto “La mala educación” tres veces. Como acostumbro, le agradezco el detalle.
La primera vez me dormí, me explica el desconocido.
¿Tanto le aburrió?
No, al contrario, responde. Estaba completamente enganchado, pero me entró sueño y me dejé ir. Después naturalmente volví a verla, pues lo poco que vi me dejó muy intrigado.
¿Y?
Me gustó más que la primera vez, pero hubo otro momento en que estaba tan relajado que también me dormí. Y lo mismo me ocurrió la tercera vez.
Entonces, ¿no ha llegado a verla nunca entera?
Pues no. Estoy esperando que salga en DVD para verla tranquilamente en casa.
El hombre aparenta algo más de cincuenta años y no hay en él nada que llame especialmente la atención. No sé qué aspecto tienen los narcolépticos pero éste desde luego no tiene pinta de padecer la enfermedad del sueño súbito. Y tampoco parece estar bromeando.
Pues no sé qué decirle, le digo.
No se lo tome a mal, añade él, pero cuando algo me gusta mucho me relaja y puedo llegar a dormirme, es una sensación muy agradable, se lo digo como un halago. Bueno, también... ahora estoy tomando una medicación para controlar la ansiedad, y el médico me dijo que podía provocar somnolencia.
Entonces no hay duda, digo con énfasis, ésa debe ser la explicación. Se duerme por las pastillas, no por mi película!
¿Vd. no padece ansiedad, angustia o desesperación?, me pregunta, inconsciente de que es la letra de un bolero. Mi psiquiatra me ha dicho que estos problemas suelen aparecer alrededor de los cincuenta. Por si fuera poco, yo además le tengo un miedo atroz a la muerte.
Le señalo el periódico: Acabo de leer una entrevista con Julian Barnes, el escritor inglés, a propósito de su último libro de relatos. Entre otras cosas dice que es mentira el mito de que con la madurez llega la serenidad. La realidad es más bien lo contrario...
Estoy de acuerdo. ¿Cómo se llama el libro?
“La mesa limón”. Es una colección de cuentos, cuyo tema es la muerte, y la falta de serenidad de la gente mayor.
Pero yo no soy mayor, me dice.
Ni yo, le digo. Ni Julian Barnes. Pero los tres pensamos que con los años no conseguimos esa paz interior de la que tanto hemos oído hablar.
El fan espontáneo se va a comprar el libro y yo me dirijo a mi oficina, tengo una cita con tres mujeres y un guión.

2.
El guión se llama “Volver” y habla justamente de la muerte, pero en un tono menos angustiado que el del hombre que se dormía viendo “La mala educación”. Más que de la muerte en sí, el guión versa sobre la rica cultura de la muerte en la región manchega donde nací. Sobre el modo (nada trágico) con que varios personajes femeninos de distintas generaciones, se manejan dentro de esa cultura.
Al otro lado de mi mesa, en El Deseo, sentadas frente a mí, tengo a tres de las actrices que protagonizarán “Volver”. Cada una de ellas significa una importante vuelta: la Más Esperada, Carmen Maura. Y dos vueltas más, llenas de sentido y sensibilidad: Penélope Cruz, con la que he trabajado en dos ocasiones, actriz y mujer a la que adoro dentro y fuera de los platós. Y Lola Dueñas. Con Lola trabajé en “Hable con ella” (una enfermera, compañera de Javier Cámara) y me quedé con ganas de más.
El encuentro me produce gran excitación. A pesar de que en este circo me ha tocado el papel de domador, eso no significa que no me cueste trabajo romper el hielo. Pero en eso consiste, entre otras cosas, ser director (en un país europeo, al menos). Soy el rompedor de hielos, la chimenea que caldea el ambiente, la madre-padre-psiquiatra-amante-amigo que con una sencilla palabra te hace recuperar la seguridad.
Una película, el conjunto de todos los procesos que la componen, supone un gran manojo de preguntas, por eso el carácter aventurero de un rodaje. El valor de la aventura no es proporcional a la cantidad de respuestas que uno encuentra en el camino, sino directamente proporcional a la resistencia de sus miembros. La cuestión consiste en que el director conduce un tren sin frenos, y su trabajo es conseguir que el tren no descarrile. Así lo veía Truffaut.
Mi primera pregunta siempre es: ¿volveré a sentir la misma pasión de las quince veces anteriores por una nueva historia? Éste es ese tipo de preguntas sin cuya respuesta más vale no embarcarse en un nuevo proyecto.
Con “Volver” la respuesta es afirmativa, claro. De nuevo tengo la sensación de tener entre las manos una historia (fábula, tesoro y secreto) en la que ansío abismarme.

Yo no soy consciente en el momento, pero cuando miro a Carmen, Penélope y Lola inevitablemente me pregunto, si este trío de fisicazos funcionará como familia (el personaje de Carmen es la madre de las otras dos). Este tipo de pregunta no exige respuesta. Hay que hacer la película para averiguarlo, pero yo las miro y las siento ya como madre e hijas. Las tres tienen en común que deben hacer de manchegas sin serlo y las tres tienen unas ganas locas de ponerse las pilas. Esas ganas son en sí mismas un espectáculo del cual soy el primer y a veces único espectador. Las miro y nada me chirría. Con esto basta. En este trabajo la intuición es la que manda.

Les propongo empezar a leer para romper el hielo. Trabajo de mesa, le llaman los del teatro. A veces las interrumpo para explicarles detalles sobre sus personajes, anécdotas reales en las que me he apoyado. Una lectura no llega a ser un ensayo, pero yo siempre me extralimito. Sin darme cuenta me encuentro indicándoles tonos, intenciones veladas, paralelismos misteriosos. Carmen caza mis insinuaciones al vuelo.
La lectura rula, fluye como una canoa en cuyo interior remarán al mismo compás las tres actrices.
Penélope y Lola se lanzan con soltura y aparentemente sin miedo. Hay mucho miedo en los primeros balbuceos, pero yo no lo noto, o no quiero notarlo.
Me doy cuenta de que estoy hallando respuesta a una pregunta que ni siquiera soy consciente de habérmela formulado: ¿Volveré a entenderme con Carmen, como en los ochenta? Ha pasado mucho tiempo. Nos han pasado muchas cosas. La química, esa cosa inaprensible y milagrosa, volveremos a sentirla?
Oigo leer a Carmen, integrando mis indicaciones y siento que seguimos siendo los mismos de “la ley del deseo”, tengo que tocarme la barriga para darme cuenta que el tiempo ha pasado. Diecisiete años.



















































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